El Templo de Salomón, construido en Jerusalén alrededor del año 957 a.C., constituye uno de los mayores misterios arquitectónicos y religiosos de la antigüedad. Según las fuentes, esta estructura, diseñada bajo influencias fenicias y dividida en tres secciones principales —el pórtico, el tabernáculo y el Sanctasanctórum—, no solo albergaba reliquias sagradas como el Arca de la Alianza, sino que presentaba características técnicas asombrosas para su época,. Entre estas particularidades destaca su aparente inmunidad frente a los rayos, un fenómeno que ha despertado el interés de historiadores y científicos a lo largo de los siglos.
De acuerdo con registros históricos citados en las fuentes, el templo permaneció ileso ante descargas eléctricas durante diez siglos, un hecho notable considerando su prominente ubicación y altura,. Estudiosos del siglo XVIII, como el naturalista Michaelis, señalaron que esta protección no fue producto del azar, sino de un diseño que integraba elementos conductores que funcionaban de manera similar a la tecnología moderna,. Los relatos describen la estructura como un complejo sistema capaz de captar y disipar la energía de las tormentas mucho antes de que se formalizaran las leyes de la electrostática.
Una de las piezas clave de este sistema eran las numerosas puntas o espinas de hierro afiladas que erizaban el techo y la cúpula dorada del edificio. Aunque el historiador Josefo sugirió originalmente que estas puntas tenían la función práctica de evitar que las aves se posaran sobre el santuario o que los ladrones escalaran la estructura, en realidad actuaron como puntos de descarga para la electricidad atmosférica,. Al ser puntiagudas, estas piezas de metal facilitaban la ionización del aire, un principio físico fundamental que sería redescubierto milenios después,.
Además de las puntas, el templo estaba completamente recubierto, tanto por dentro como por fuera, con planchas de metal bruñido, identificadas por Josefo como oro, aunque probablemente se tratara de metal dorado,. Este revestimiento metálico masivo convertía al edificio en un conductor gigante, permitiendo que las cargas eléctricas fluyeran a través de la superficie de la estructura en lugar de penetrar en su interior. Esta disposición técnica guarda similitudes con lo que hoy conocemos como blindaje contra perturbaciones electromagnéticas.
Para completar el circuito, el diseño contaba con un sofisticado sistema de conexión a tierra,. Las cisternas ubicadas debajo de los patios del templo recibían el agua de lluvia a través de tuberías metálicas que descendían desde el techo,. Estos conductos de hierro no solo cumplían una función hidráulica, sino que servían como conductores que llevaban la corriente eléctrica de los rayos directamente hacia el suelo de manera segura, evitando daños estructurales o incendios. Se considera que un sistema de protección tan completo difícilmente pudo haber sido ideado sin un conocimiento empírico de la energía.
El componente legendario también atribuye esta protección a figuras místicas como el demonio Asmodeo, quien habría colaborado en la construcción bajo las órdenes de Salomón. Según ciertos relatos, Asmodeo instaló veintidós torretas metálicas de oro y cobre que sobresalían del tejado y extendían sus raíces hasta los cimientos para proteger el santuario,. Estas crónicas refuerzan la idea de que en Jerusalén se aplicaron conocimientos sobre el manejo del rayo casi tres milenios antes de que la ciencia occidental los sistematizara.
Históricamente, el invento del pararrayos moderno se atribuye a Benjamin Franklin en el siglo XVIII, tras su famoso experimento de la cometa en 1752, donde demostró la naturaleza eléctrica de los rayos,. Sin embargo, las fuentes indican que diversas culturas antiguas, desde Mesopotamia hasta Tebas, ya utilizaban objetos metálicos para atraer y desviar descargas,. El Templo de Salomón representa, por tanto, la culminación de una "arte perdida" o un conocimiento técnico arcaico que logró una eficiencia que hoy seguimos emulando en la protección de infraestructuras críticas,.
El análisis de las fuentes permite concluir que el Templo de Salomón no fue solo un epicentro de fe, sino una proeza de ingeniería avanzada que integró principios de física eléctrica de forma empírica y efectiva. Resulta fascinante observar cómo la arquitectura sagrada antigua logró resolver problemas de seguridad que la ciencia moderna solo pudo explicar formalmente tras el Siglo de las Luces. Esta "tecnología involuntaria" —o quizás celosamente guardada por las castas sacerdotales de la época— sugiere que nuestra percepción del progreso lineal a menudo ignora los picos de sofisticación alcanzados por civilizaciones pasadas. La integración de elementos estéticos (oro), funcionales (drenaje de agua) y protectores (pararrayos) en una sola obra maestra arquitectónica demuestra una visión holística del diseño que hoy, en nuestra era de especialización extrema, todavía resulta inspiradora y digna de estudio.



