jueves, 19 de febrero de 2026

El enigma de la cueva de La Marche en Lussac-les-Châteaux

 

Situada en la localidad de Lussac-les-Châteaux, en el departamento francés de Vienne, la cueva de La Marche representa uno de los yacimientos arqueológicos más fascinantes del periodo Magdaleniense, con una antigüedad estimada de entre 15.000 y 16.000 años. A diferencia de otros sitios paleolíticos famosos que se encuentran en profundas galerías subterráneas, La Marche es un vasto abrigo rocoso orientado al sur que sirvió como lugar de habitación para comunidades prehistóricas. Su importancia radica en una producción artística grabada que rompe con los esquemas tradicionales del arte parietal europeo.

La historia de su descubrimiento y estudio ha sido larga y compleja. Tras exploraciones iniciales en 1914, fue entre 1937 y 1942 cuando Léon Péricard y Stéphane Lwoff llevaron a cabo excavaciones intensas que revelaron un tesoro oculto: miles de tablillas o placas de piedra caliza grabadas. Investigaciones posteriores, particularmente las realizadas por Jean Airvaux entre 1988 y 1993, aplicaron técnicas de tamizado que permitieron recuperar miles de objetos adicionales, incluyendo herramientas de sílex, adornos y valiosos restos humanos que habían sido ignorados en las excavaciones antiguas.

Lo que convierte a La Marche en una excepción absoluta en el registro arqueológico es su realismo figurativo humano, un fenómeno que algunos expertos denominan el "nacimiento del retrato". Mientras que en la mayoría de las cuevas paleolíticas los seres humanos son representados de forma esquemática, incompleta o simbólica, los artistas de La Marche grabaron figuras humanas altamente detalladas e individualizadas. Se han identificado centenares de rostros y cuerpos de hombres, mujeres y niños capturados con una precisión que a veces roza la caricatura.

Los detalles grabados en estas placas de piedra ofrecen una ventana inédita a la apariencia y vestimenta de nuestros ancestros. Las figuras no solo muestran rasgos faciales claros, sino que aparecen vistiendo gorros, calzado, túnicas y joyas. Se han documentado hombres con barbas y personajes con expresiones faciales específicas, como sonrisas, lo que sugiere una intención de capturar la identidad personal. Este nivel de detalle es comparable a la maestría naturalista que los pueblos paleolíticos aplicaban a los animales, pero que rara vez extendían a la figura humana.

La interpretación de este estilo artístico está profundamente vinculada a la naturaleza del sitio como un espacio doméstico. Las fuentes señalan que el arte de La Marche era un "arte de habitación", integrado en la vida diaria de la comunidad, a diferencia del arte de las cuevas profundas que funcionaban como "santuarios" alejados de lo cotidiano. Esta ubicación específica explica por qué el realismo floreció en este contexto; mientras que en las profundidades de las cuevas se buscaba una distancia simbólica, en el abrigo de La Marche el arte celebraba lo familiar y lo humano.

Además de su valor artístico, La Marche ha proporcionado una de las series más ricas de restos bioantropológicos del Magdaleniense europeo. Los estudios sobre mandíbulas y 35 dientes aislados recuperados han permitido identificar un Número Mínimo de Individuos (NMI) de nueve, compuesto por tres adultos y seis niños o jóvenes. Estos hallazgos han sido fundamentales para comprender la variabilidad dental y las condiciones de salud de las poblaciones de finales del Pleistoceno.

En la actualidad, el legado de la cueva se preserva y difunde a través del Museo de Prehistoria de Lussac-les-Châteaux (La Sabline). El acceso al sitio arqueológico está restringido a visitas guiadas reservadas a través del museo, las cuales permiten a los visitantes explorar el lugar donde vivieron estos maestros del grabado y observar de cerca las réplicas y hallazgos originales. Este centro cultural es el punto de referencia esencial para entender cómo el realismo y la vida cotidiana se entrelazaron en este rincón de la actual Francia.

El análisis de la cueva de La Marche revela una tensión fundamental en la mente paleolítica: la capacidad de elegir deliberadamente entre el realismo y la abstracción. El hecho de que estas comunidades fueran capaces de crear retratos tan fidedignos demuestra que la escasez de figuras humanas realistas en otros sitios (como Lascaux o Altamira) no se debía a una falta de habilidad técnica, sino a una intención simbólica o cultural.

A través del concepto de "hacer-remoto", podemos entender que La Marche representa la excepción que confirma la regla: en los espacios de vida cotidiana (abrigos rocosos), el ser humano se sentía libre de retratarse a sí mismo con naturalidad; sin embargo, al entrar en los "santuarios" de las cuevas profundas, optaba por una distancia simbólica, transformando su imagen en algo ajeno y misterioso. Así, La Marche no es solo un hito del arte realista, sino una prueba de la complejidad cognitiva de seres que ya manejaban nociones de identidad, estatus social y diferenciación entre lo sagrado y lo profano.

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